Seguridad subjetiva: cuando el riesgo percibido importa tanto como el riesgo real

El uso de las palabras en el escenario del crimen

Cuando las personas afirman sentirse seguras o inseguras, no necesariamente están describiendo una realidad objetiva del delito, sino una experiencia subjetiva inscripta en el cuerpo. En este sentido, la seguridad subjetiva se refiere a la manera en que los individuos evalúan los riesgos que los rodean, independientemente de que dichos riesgos se correspondan o no con las estadísticas criminales disponibles.

Diversos estudios han demostrado que la percepción de inseguridad no constituye un reflejo automático de la victimización real. Por el contrario, se trata de una construcción social influida por experiencias personales, relatos de terceros, representaciones colectivas e imágenes difundidas por los medios de comunicación. Como señala Kessler (2009), el sentimiento de inseguridad debe entenderse como una elaboración social compleja que no puede reducirse a la ocurrencia efectiva de delitos.

Desde esta perspectiva, el miedo al crimen aparece como una experiencia emocional relativamente autónoma respecto de la exposición real al delito. Ferraro (1995) sostiene que las personas pueden experimentar temor aun cuando nunca hayan sido víctimas de un hecho criminal, debido a que gran parte de sus percepciones se construyen a partir de narrativas sociales, discursos públicos y representaciones mediáticas sobre la inseguridad.

En una línea similar, Reguillo (2000) plantea que la inseguridad subjetiva está conformada por un conjunto de representaciones, afectos y disposiciones prácticas que orientan la conducta cotidiana de los sujetos. Así, decisiones tan habituales como evitar determinados espacios urbanos, modificar horarios de circulación o incorporar medidas de autoprotección pueden estar más vinculadas con percepciones de riesgo que con probabilidades objetivas de victimización.

Por último, Garland (2001) advierte que las sociedades contemporáneas han desarrollado una sensibilidad particular frente al riesgo. En el marco de lo que el autor denomina cultura del control, la inseguridad subjetiva se convierte en un fenómeno persistente, alimentado por la circulación constante de relatos sobre delitos, amenazas y peligros. De este modo, la experiencia de sentirse inseguro puede expandirse incluso en contextos donde los niveles reales de criminalidad permanecen estables o disminuyen.

Comprender la seguridad subjetiva implica reconocer que la inseguridad no se encuentra únicamente en los hechos, sino también en las formas en que esos hechos son percibidos, interpretados y significados socialmente, producidos y reproducidos. Por ello, cualquier análisis riguroso de la seguridad contemporánea debe considerar no sólo cuántos delitos ocurren, sino también cómo las personas experimentan y construyen cotidianamente la sensación de seguridad o inseguridad.

Mediación de la seguridad: entre los hechos y las percepciones

Si la seguridad objetiva remite a los hechos observables y la seguridad subjetiva a la manera en que esos hechos son percibidos, la mediación de la seguridad permite comprender cómo ambas dimensiones se articulan en la vida social. Este concepto se refiere al conjunto de procesos comunicacionales, culturales y simbólicos mediante los cuales el delito, la violencia y el riesgo adquieren visibilidad pública y son transformados en objetos de preocupación colectiva.

Los medios de comunicación ocupan un lugar central en este proceso. Como señalaron McCombs y Shaw (1972), los medios no determinan necesariamente qué pensar, pero sí influyen decisivamente sobre qué temas pensar. Al seleccionar determinados hechos delictivos, otorgarles cobertura intensiva y convertirlos en noticias recurrentes, contribuyen a instalar la inseguridad como una preocupación prioritaria en la agenda pública.

Sin embargo, los medios no sólo seleccionan acontecimientos; también los interpretan y encuadran. Hall, Critcher, Jefferson, Clarke y Roberts (1978) sostienen que los discursos mediáticos sobre el crimen no reflejan pasivamente una realidad preexistente, sino que la construyen mediante procesos de selección, jerarquización y representación condicionados por determinadas lógicas políticas, económicas y culturales. En consecuencia, la realidad delictiva que llega al público siempre se encuentra mediada por decisiones editoriales y narrativas que son intencionalmente  reforzadas en una grilla.

Esta capacidad de construcción simbólica puede generar efectos de amplificación social. Cohen (1972) demostró que ciertos episodios delictivos pueden adquirir una relevancia pública desproporcionada respecto de su incidencia real, desencadenando fenómenos de pánico moral que incrementan la percepción colectiva de amenaza. De este modo, algunos delitos excepcionales terminan funcionando como símbolos de riesgos generalizados.

En América Latina, Kessler y Focás (2014) han señalado que la distancia frecuentemente observada entre las tasas reales de delito y los niveles de temor ciudadano sólo puede comprenderse incorporando el papel de los medios como amplificadores selectivos del riesgo. La inseguridad subjetiva no surge exclusivamente de la experiencia directa de victimización, sino también de la exposición constante a relatos, imágenes y narrativas sobre el crimen.

Desde una perspectiva crítica, Zaffaroni (2011) advierte que esta construcción mediática puede contribuir a la formación de lo que denomina criminología mediática: una representación simplificada de la realidad social que divide a la sociedad entre sujetos considerados peligrosos y sujetos considerados respetables, legitimando demandas de mayor control y castigo. La seguridad deja entonces de ser únicamente un problema técnico o policial para convertirse también en una cuestión discursiva y política.

Comprender la mediación de la seguridad implica reconocer que nuestras percepciones sobre el delito no se construyen exclusivamente a partir de experiencias personales ni de estadísticas oficiales. Entre los hechos y las percepciones existe un complejo entramado de discursos, imágenes, relatos y representaciones que contribuyen a definir qué consideramos peligroso, quiénes aparecen como amenazas y cuáles son las respuestas que una sociedad considera legítimas frente a la inseguridad.

Será necesariamente imperante volver sobre algunos de estos términos para próximos análisis del crimen, para prestar escucha a los elementos que estructuran la percepción de la seguridad. 

Referencias bibliográfica: 

Cohen, S. (1972). Folk devils and moral panics: The creation of the Mods and Rockers. MacGibbon & Kee.

Ferraro, K. F. (1995). Fear of crime: Interpreting victimization risk. State University of New York Press.

Focás, B. (2018). Inseguridad. Delito, medios y consumos. Biblos.

Garland, D. (2001). The culture of control: Crime and social order in contemporary society. University of Chicago Press.

Hall, S., Critcher, C., Jefferson, T., Clarke, J., & Roberts, B. (1978). Policing the crisis: Mugging, the state and law and order. Macmillan.

Kessler, G. (2009). El sentimiento de inseguridad: Sociología del temor al delito. Siglo XXI Editores.

Kessler, G., & Focás, B. (2014). ¿Responsables del temor? Medios y sentimiento de inseguridad en América Latina. Nueva Sociedad, 249, 137–148.

McCombs, M. E., & Shaw, D. L. (1972). The agenda-setting function of mass media. Public Opinion Quarterly, 36(2), 176–187. https://doi.org/10.1086/267990

Reguillo, R. (2000). La construcción social del miedo. En S. Rotker (Ed.), Ciudadanías del miedo (pp. 185–201). Nueva Sociedad.

Žižek, S. (2009). Sobre la violencia: Seis reflexiones marginales. Paidós.

Zaffaroni, E. R. (2011). La palabra de los muertos: Conferencias de criminología cautelar. Ediar.

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