Hechos, percepciones y discursos en la construcción de la inseguridad.

Pocos son los asuntos que despiertan tanta atención y debate como la seguridad. A diario, los medios de comunicación, las redes sociales y los discursos políticos nos confrontan con noticias sobre delitos, violencia, conflictos y amenazas de diversa índole. Sin embargo, antes de preguntarnos si vivimos en una sociedad segura o insegura, conviene formular una pregunta previa: ¿qué entendemos por seguridad?
Aunque suele asociarse al delito y a la capacidad del Estado para prevenirlo, la seguridad excede ampliamente el ámbito criminal. Las personas también pueden sentirse inseguras frente a crisis económicas, pandemias, catástrofes ambientales, amenazas tecnológicas o situaciones de incertidumbre respecto de su futuro. Se trata, por tanto, de una experiencia compleja atravesada por dimensiones materiales, políticas, simbólicas y subjetivas.
Esta complejidad resulta aún más evidente si consideramos una paradoja característica de nuestro tiempo. Nunca las sociedades dispusieron de tantos dispositivos de protección —cámaras, monitoreo inteligente, controles biométricos, inteligencias artificiales dedicadas a la seguridad de datos y sistemas predictivos— y, sin embargo, pocas épocas registraron niveles tan elevados de preocupación por la inseguridad. La expansión de los mecanismos de control parece convivir con una creciente sensación de vulnerabilidad.
A ello se suma que el crimen ocupa un lugar singular en nuestra cultura. Mucho antes de constituir un problema policial, fue una fuente permanente de fascinación social. Desde las tragedias clásicas hasta las series contemporáneas, las historias criminales despiertan simultáneamente rechazo y curiosidad. La violencia, por su parte, adopta múltiples formas —física, psicológica, económica, institucional, simbólica o digital— que atraviesan la vida social de maneras muchas veces invisibles o naturalizadas.
Desde hace algún tiempo, los dispositivos comunicacionales han transformado nuestra relación con el riesgo. Hoy podemos conocer en tiempo real delitos, atentados, conflictos y episodios de violencia ocurridos en cualquier lugar del mundo. La tecnología amplía nuestro acceso a la información, pero también nuestra exposición cotidiana a narrativas sobre la inseguridad. Por ello, las percepciones sobre el peligro ya no se construyen únicamente a partir de experiencias directas, sino también mediante imágenes, relatos y discursos que circulan constantemente en el espacio público.
Comprender la seguridad contemporánea exige entonces superar las explicaciones simplistas. Habitualmente se distingue entre una seguridad objetiva, vinculada con los hechos verificables y las estadísticas del delito, y una seguridad subjetiva, relacionada con las percepciones y emociones de los individuos. Sin embargo, esta distinción, aunque analíticamente útil, no está exenta de críticas. Autores como Kessler y Slavoj Žižek han advertido que incluso aquello que solemos considerar “objetivo” depende de categorías de registro, criterios institucionales y construcciones discursivas que condicionan la producción misma de los datos. Dicho de otro modo, las estadísticas no son un reflejo transparente de la realidad, sino una forma específica de construirla y representarla, de producirla y reproducirla en los cuerpos.
A esta discusión se agrega una tercera dimensión: la mediación de la seguridad. Los medios de comunicación, las plataformas digitales y los discursos públicos participan activamente en la construcción social de aquello que una comunidad percibe como seguro o inseguro. Sin embargo, tampoco existe consenso respecto de la magnitud de esta influencia. Mientras algunas perspectivas sostienen que los medios producen y orientan el sentimiento de inseguridad, otras consideran que su función principal consiste en reforzar, seleccionar o amplificar preocupaciones que ya circulan socialmente. Investigaciones recientes muestran además que los efectos de estas narrativas no son homogéneos, sino que se encuentran mediados por variables como la experiencia barrial, la posición social y las redes de sociabilidad de cada individuo.
Por tanto, se propone la apertura en vías a la dilucidación y análisis de la noción de la seguridad y de la subjetividad. La criminología no se agota con cifras policiales, sino con un uso discursivo susceptible de localizar en sujetos de una misma sociedad, de un mismo malestar que subjetiviza en lo singular.
En otras palabras, la seguridad objetiva, seguridad subjetiva y mediación de la seguridad no responden a registros independientes sino al del cuerpo del hablante. Lejos de constituir una condición puramente material o una mera sensación de un apremio que exije su tramitación en la palabra, la seguridad aparece como una construcción social compleja donde hechos, percepciones y discursos se entrelazan como significantes desde los que se puede asir un sujeto. Es precisamente en esa articulación donde se juegan algunos de los debates más relevantes de las sociedades contemporáneas.
Referencias bibliográficas:
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Focás, B. (2018). Inseguridad. Delito, medios y consumos. Biblos.
Freud, S. (1930/2016). El malestar en la cultura. En Obras completas (Trad. L. López-Ballesteros y de Torres). Eireann Press. (Edición digital, ISBN 9782291080787).
Garland, D. (2001). The culture of control: Crime and social order in contemporary society. University of Chicago Press.