Descifrar el texto: el trabajo del sueño en un psicoanálisis.

Primera parte del Retorno a Freud.

El trabajo del sueño en la obra de Freud.

A más de un siglo de La interpretación de los sueños (1900), la tesis freudiana del sueño como guardián del dormir, cumplimiento del deseo y vía regia al inconsciente continúa ofreciendo orientaciones decisivas para comprender el inconsciente y orientar la práctica analítica. Lejos de considerar al sueño como un fenómeno azaroso o carente de sentido, Freud escribe: Aristóteles tuvo razón al decir que el fenómeno onírico constituía la actividad anímica del durmiente (Freud, 1915-1917).

En este contexto, el sueño no sólo expresa el trabajo psíquico inconsciente, sino que también amplifica y transforma sensaciones corporales que durante la vigilia podrían pasar inadvertidas. Freud sostuvo que el dormir supone una particular retirada del sujeto respecto del mundo exterior, comparable a un retorno a las condiciones de quietud, calor y reducción de estímulos propias de la vida intrauterina, hasta incluso subraya que para dormir es común adoptar la misma posición fetal que en el vientre materno. 

A partir de estas coordenadas, el escrito explora el valor del trabajo del sueño y la vigencia clínica de la tesis freudiana del sueño en los psicoanálisis.


Si La interpretación de los sueños constituye el texto fundacional del psicoanálisis, ello no se debe únicamente a que Freud haya atribuido un sentido a los sueños. Lo verdaderamente novedoso fue demostrar que entre aquello que el soñante recuerda al despertar y los procesos inconscientes que dieron origen al sueño existe un complejo trabajo susceptible de ser interpretado clínicamente. En otras palabras, el sueño no es una reproducción directa de pensamientos, deseos o recuerdos, sino el resultado de una elaboración y tramitación psíquica específica denominado por Sigmund Freud trabajo del sueño.

Es así, que después de 15 años de su práctica clínica, Sigmund Freud se propone reconsiderar ciertas formulaciones de ese trabajo que inaugura la etapa analítica de su obra -La interpretación de los sueños-, motivado por los sueños de angustia y los sueños de guerra que psicoanalizó de sus pacientes. El escrito fue titulado Adición metapsicológica a la teoría de los sueños (1915), allí retoma y profundiza esta problemática para interrogar los mecanismos que hacen posible la formación onírica. Sostiene que, durante el dormir, los restos diurnos preconscientes experimentan un proceso de regresión. En efecto, dicho movimiento implica que las ideas y representaciones verbales abandonan parcialmente las formas lógicas y discursivas propias del pensamiento de vigilia para transformarse en imágenes, predominantemente visuales. Freud describe este proceso señalando que las ideas son reducidas a sus correspondientes imágenes objetivas, como si toda la actividad psíquica estuviera guiada por una tendencia a la representabilidad, motivado por el mecanismo de la figuración plástica.

Esta observación resulta fundamental porque permite comprender que el sueño no posee una lógica de tramitación del mismo modo que lo hace la conciencia. Allí donde la conciencia organiza argumentos, secuencias temporales y relaciones causales, el sueño trabaja con imágenes, escenas, en eso consta el mecanismo de la figuración plástica, articulado a otros dos mecanismos de las formaciones del inconsciente: la condensación y el desplazamiento. Que aguardan ser captados, a posteriori, por la palabra del sujeto en un relato del sueño.

En el contenido manifiesto del sueño, a saber, allí cuando un analizante pone en palabras un sueño, una conversación puede aparecer representada por una habitación; un conflicto afectivo puede tomar la forma de un viaje; una preocupación actual puede encarnarse en un personaje aparentemente insignificante – por nombrar unos ejemplos. Entonces, la lógica del sueño no es la lógica de la exposición racional, sino la lógica propia del inconsciente, desde un mensaje que se intenta inscribir en palabras y ya no en imágenes.

Una vez producida esta regresión, las huellas mnémicas y representaciones que permanecen activas en el sistema inconsciente quedan sometidas al funcionamiento del proceso primario. Freud explica la condensación y el desplazamiento. Mientras que la condensación permite que múltiples cadenas asociativas confluyan en una única imagen o escena onírica, el desplazamiento desliza la intensidad afectiva desde elementos importantes hacia otros aparentemente secundarios. Siendo una indicación clínica que el contenido manifiesto del sueño —aquello que el sujeto recuerda y relata— es precisamente el resultado de estas operaciones, que esperan a ser interpretadas en un psicoanálisis.

Sin embargo, el trabajo del sueño no surge de manera espontánea. Freud subraya que su punto de partida son los llamados restos diurnos, en palabras freudianas: restos no tramitados del día; pero que la trama del sueño repite escenas de una primera infancia del sujeto, deseos incestuosos y representaciones que cobran actualidad en la vida del analizante vía la repetición incesante de su síntoma.

Ahora bien, no todos los acontecimientos vividos durante el día se convierten en material para un sueño. Freud observa que los restos diurnos que intervienen en la elaboración onírica son aquellos que han conservado cierta investidura psíquica. Se trata de pensamientos que permanecen abiertos, preguntas sin resolver, conflictos que continúan operando o situaciones que mantienen una determinada carga libidinal. Aunque el sujeto se disponga a dormir y retire buena parte de su interés del mundo exterior, estas representaciones conservan una actividad residual que exige una tramitación psíquica y la cualificación de los afectos.

El guardián del dormir.

Es precisamente en este punto donde adquiere relevancia la célebre tesis freudiana según la cual el sueño es el guardián del dormir. Desde una perspectiva intuitiva, podría suponerse que los sueños perturban el reposo, lo que quiere decir que soñar no sería armónico al descanso. Después de todo, algunas experiencias oníricas resultan intensas, extrañas o movilizantes. Sin embargo, Freud invierte esta perspectiva. El problema fundamental para el aparato psíquico no es el sueño, sino aquello que amenaza con interrumpir el dormir, es decir, que el Yo se anoticie del contenido pulsional de la actividad onírica, que frente a ello el trabajo del sueño falle y el sujeto se despierte, mecanismos que sucede en los sueños de angustia.

Mientras el sujeto duerme, diversos estímulos continúan ejerciendo presión sobre el aparato psíquico. Algunos provienen del propio cuerpo: sensaciones de frío, calor, hambre, sed, dolor o esfinterianas. Otros tienen origen psíquico y corresponden a deseos, preocupaciones o conflictos que no han perdido completamente su fuerza al dormir. Si estas excitaciones alcanzaran directamente la conciencia, el resultado sería el despertar. Entonces el sueño interviene precisamente para evitarlo, por ejemplo, que el material del sueño sea estar orinando y despertar con la demanda imperante de hacerlo.

Entonces el trabajo del sueño ofrece una satisfacción sustitutiva a esas exigencias pulsionales, permitiendo que el dormir continúe. Freud resume esta operación de manera contundente: el durmiente sueña en lugar de despertar (1900). Dicho de otro modo, el sueño constituye una solución psíquica frente a una perturbación potencial. Allí donde una excitación podría producir la interrupción del reposo, el sueño construye una escena capaz de absorberla, transformarla y tramitarla.

Actualidad clínica de tales observaciones.

En primer lugar, permite escuchar que el sueño no debe ser reducido a un mensaje oculto que espera ser descifrado. De hecho, no es cierto que en un psicoanálisis todos y cada uno de los sueños merezcan una interpretación. Su función primaria no consiste en comunicar algo al sujeto o del sujeto, sino que implica la repetición figurada de un resto que insiste en ser inscripto incesantemente en un psicoanálisis. Antes de ser un texto a interpretar, el sueño configura el estatuto de un anudamiento subjetivo.

En segundo lugar, esta perspectiva introduce una concepción singular de la interpretación analítica. Freud asocia los sueños, como formación del inconsciente en un psicoanálisis, con la instauración de la transferencia. Por tanto, el interés del analista no se dirige únicamente al contenido manifiesto del sueño, sino a las palabras que el analizante ofrece. 

Lo decisivo no es descubrir un supuesto significado universal de las imágenes oníricas -como los propuestos en los juegos de azar-, sino reconstruir las asociaciones singulares que condujeron a esa formación específica, a propósito del valor de regresión que ofrece Freud. Entonces, un mismo elemento puede tener sentidos radicalmente diferentes para sujetos distintos, razón por la cual Freud rechazó las lecturas simbólicas generales que pretendían establecer equivalencias fijas para todos los sueños.

Contradicciones internas en la hipótesis freudiana.

Existen complejidades en la tesis freudiana del trabajo del sueño, dado que en 1915 Sigmund publica un texto titulado Trabajos de Metapsicología y un año más tarde escribe la Adición metapsicológica a la teoría de los sueños. A lo largo de más de una década de práctica psicoanalítica, escucha perturbaciones en el trabajo del sueño, puntualmente son los sueños de guerra y los sueños de angustia los que se le imponen para repensar la función del guardián del dormir. A ello se vinculan, lo que formaliza unos cinco años más tarde en Más allá del principio de placer (1920). Es decir, que el principio de placer no bastaba para explicar la economía del aparato psíquico, sino que ya Freud se tropieza con la pulsión de muerte.

No obstante, la propia experiencia clínica llevó a Freud a encontrar fenómenos que parecían desafiar esta formulación. Si el sueño protege el dormir, ¿cómo explicar aquellos sueños que despiertan al sujeto en medio de una intensa angustia? ¿Cómo comprender las pesadillas recurrentes que reproducen experiencias traumáticas? Estas preguntas marcarán uno de los primeros grandes impasses de la teoría freudiana del sueño, que como efecto trastoca ni más ni menos que la reelaboración del mismo inconsciente en la teoría psicoanalítica.

Referencias bibliográficas: 

Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. En Obras completas (Trad. L. López-Ballesteros y de Torres). Eireann Press. (Edición digital, ISBN 9782291080787).

Freud, S. (1916). Los sueños de los niños (8.ª conferencia) y La elaboración onírica (11.ª conferencia). En Introducción al psicoanálisis. Parte II: El sueño (Trad. L. López-Ballesteros y de Torres). En Obras completas. Eireann Press. (Edición digital, ISBN 9782291080787).

Freud, S. (1917). Adición metapsicológica a la doctrina de los sueños. En Metapsicología (Trad. L. López-Ballesteros y de Torres). En Obras completas. Eireann Press. (Edición digital, ISBN 9782291080787).

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